La producción de conocimiento como ocupación humana se cristaliza en Occidente a partir del desarrollo de la filosofía griega clásica, esto es, el desarrollo de las teorías logocéntricas sobre la sustancia y la verdad que ésta comporta. El recorrido filosófico a partir de esta Metafísica Clásica, descansa sobre un espíritu positivo (categoría propiamente moderna) que considera al hombre como la criatura poseedora de la facultad de conocer. A su vez, este tipo de razonamiento es condición de posibilidad para el desarrollo de las ciencias y los estudios sobre lenguaje que actualmente ocupan el escenario de la discusión teórica. Es en este momento inaugural donde se constituye la escisión entre el hombre y el mundo, entre lo sensible y lo suprasensible, lo cual tendrá una serie de consecuencias en la vida misma de los hombres, consecuencias que intentaremos abordar.
En Parménides reconocemos un primer gesto fundacional de esta ontología, esto al delimitar al Ser como un absoluto, inmóvil, eterno, perfecto e idéntico a si mismo. El Ser puede ser sabido en tanto que sustancia portadora de una esencia única y unívoca y es el hombre, en su calidad de Homo Mensura, quien posee la facultad de conocer. Posteriormente Platón ilustra la cuestión del conocimiento a través del mito de la caverna[1], relato en el cual el conocer se asocia con la luz, esto es, la verdad (Aletheia) como revelación y desocultamiento, así, nuestra primera aproximación a las cosas es Estética (propia de la Estésis) para luego pasar al Eidos (Idea) donde la cosa se muestra ocultándose (la esencia), el ser se presta a ser conocido por todos los hombres y el conocimiento es accesible a cualquier ciudadano. Aquí la Virtud es la máxima de las ideas, por lo que el conocimiento deviene necesariamente en virtud y bondad. Esto tiene sus consecuencias inmediatas ya que efectivamente en la Grecia de Platón, el conocimiento es accesible a todos los hombres y los hace libres, pero existe un segundo espacio (el del oikos) donde habitan aquellos que no son reconocidos como ciudadanos, esto es, las mujeres, los niños y los esclavos. Por otro lado, Aristóteles sostiene que toda acción humana tiene un Telos, es decir, una finalidad; de aquí surge el pensamiento teleológico donde juegan tres momentos: la potencia, aquello que esta en estado de suspenso (que es potencialmente), el proceso de actualización (labor, trabajo y acción), el itinerario que debe seguir la potencia para arribar a su fin último y Telos, como la finalidad. Para Aristóteles la potencia puede ser un ente o una idea, la labor y el trabajo son actividades caídas al interés dado que su finalidad se encuentra fuera de si mismas, se actúan para satisfacer necesidades tanto biológicas como sociales, estas actividades son realizadas por los esclavos en el espacio del oikos, sin embargo, la acción es un tipo de actividad cuyo fin es la actividad en sí misma; no actúa con arreglo a ningún interés y por ende hace a los hombres libres y sólo la libertad es condición de posibilidad para gobernar la polis. Esto implica que la actividad política no admita intereses privados sino más bien se cierne a la idea de Virtud en tanto esta conduce a la felicidad de los hombres[2].
Durante la época medieval se produce una confiscación del saber dado que la población es en su mayoría analfabeta y el conocimiento se concentra en el circuito eclesiástico, manifestándose así un tipo de domino, un régimen político. La iglesia se sustenta en las ideas platónicas sobre la verdad como revelación, esta vez de la mano de Dios a quien se considera como El Ser en Sí Mismo, pero dicha revelación no se presenta a todos los hombres sino a unos cuantos elegidos que dirigirán a sus hermanos: “Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido, lo cual también hablamos, no con palabras enseñadas por la sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual. Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente”[3]. Ciertamente ya se adivina en San Agustín una vocación cientificista, de protocolización de la experiencia en pos de producir saber, busca el modelo de la verdad en las verdades matemáticas dice, por ejemplo, que la proposición 7+3=10, es una proposición de vigencia universal para cualquiera que tenga razón. Aquí donde se ve que 7+3 tiene que ser igual a 10, halla San Agustín lo que también en otros casos debe ser verdad para todo espíritu racional, a saber, las reglas, ideas y normas conforme a las cuales registramos y leemos lo sensible y al mismo tiempo lo estimamos y rectificamos. Estas reglas son algo apriorístico, en lo cual el hombre nuevamente se nos presenta como el único animal capaz de generar conocimiento. La concepción de la verdad esencial posee consecuencias materiales en tanto es un régimen excluyente donde aquellos que tienen acceso a la verdad única también tienen acceso a la reglamentación de la vida de los hombres y por ende los domina y junto con ellos a la naturaleza y al resto de las criaturas vivientes. La verdad se constituye así como un poder, en tanto que dota de sentido a los hombres diagramando sus vidas y convirtiéndose en un régimen de politicidad.
La metafísica clásica deviene metafísica de la deidad, y por tanto el régimen de verdad como doctrina permanece intacto durante siglos. Descartes en sus Meditaciones Metafísicas tiene el primer gesto decontructivo al plantear que bien puedo dudar de todo cuanto se me ha dicho y de todo cuanto creo, pero no puedo dudar del hecho que dudo, esto es, no puedo dudar de que pienso y por tanto existo (cogito ergo sum). Con Descartes nace la categoría subjectum como la inmediatez de la conciencia, la experiencia sensorial es nuestra primera aproximación al mundo, una vez que la experiencia es afectada por los fenómenos notifica a la conciencia de este hecho y la conciencia organiza y define el tipo de experiencia que está viviendo, así, el mundo se abre como espacio a conocer y dominar y el sujeto se presenta como centro de dominio. Descartes pretende develar la Naturaleza Humana para probar que la razón provee a los hombres de conocimiento, de verdad y de virtud.
A partir de acá distinguimos el periodo de configuración del pensamiento moderno y, atendiendo a la cuestión del desarrollo de las ciencias como disciplinas productoras de conocimiento, se problematiza la relación verdad-poder-vida desde la perspectiva de la ciencia como ideología.
La Modernidad se funda en el llamado proyecto ilustrado abordado por Kant en el artículo de 1784 ¿Qué es la Ilustración? Donde nos presenta el surgimiento de un nuevo tipo de sujeto que utiliza su razón como instrumento crítico-analítico de la contemporaneidad, Kant hace un llamamiento a dejar de lado el pupilaje: “El uso público de su razón le debe estar permitido a todo el mundo y esto es lo único que puede traer ilustración a los hombre”[4]. Para el pensamiento kantiano el universo es regulado por leyes racionales universales y, en tanto el hombre es animal racional, participa de estas leyes y es capaz de conocerlas. Luego el arribo del hombre hacia la verdad y la virtud es a través del uso público y libre de su propia razón. Este es el espíritu que llevó al desarrollo de las ciencias y la tecnología erigiéndose estas como el nuevo lugar donde la verdad tiene su refugio, esto es, las ciencias son el nuevo modo de producir conocimiento. Surge así el denominado espíritu positivo, esto es, una interpretación de la realidad (el hombre, la historia, la sociedad) basada en la ciencia; el saber científico configura el espíritu humano e impulsa al progreso histórico y social (la idea de progreso como un trayecto teleológico). Comte recalca el concepto de estado como la situación en que se halla el espíritu humano en una determinada época histórica. Cada estado se define por una manera de concebir y explicar la naturaleza y por una idea distinta de lo que es el saber. Estas concepciones se mueve en un orden progresivo, a lo largo de la historia, con el fin de alcanzar la meta propuesta por su naturaleza: el estado científico. Postula la física como la verdadera ciencia, por que tiene un estatuto racional, en vez de preguntar el origen de la metafísica, se pregunta por las leyes que las comportan, es pocas palabras, se preocupa de su esencia porque el verdadero conocimiento pregunta el modo como los cuerpos se comportan.
Dado que la ciencia se erigen como disciplina productora de conocimiento, la filosofía desplaza su pensamiento hacia el análisis de problemáticas relativas al Ser y a la Existencia. El primer movimiento tiene que ver con el modo en cómo nos ponemos en relación con el mundo, es decir, el lenguaje. Para Kant, la experiencia (que es la base de la ciencia) para que pueda producir conocimiento, consta de dos momentos:
1. El momento en que los sentidos son afectados por los fenómenos (la sensación, la percepción).
2. El momento en que esta sensación es inteligibilizada por la razón, quien la ordena y esquematiza.
La filosofía analítica (o filosofía del lenguaje) entiende que este modo de inteligibilizar la experiencia es a través de un lenguaje y que para que este razonar sea verdadero, el lenguaje en el cual se expresa también debe serlo. Por lo tanto la filosofía analítica nace con un espíritu positivo, el que los hombres pueden conocer, y plantea que la tarea de la filosofía es construir un lenguaje verdadero, que no puede ser sino el lenguaje lógico-matemático. Llegará un momento tan puro del lenguaje en que para cada sentido haya sólo una palabra y viceversa. Con este estudio se problematiza la cuestión de la conciencia cartesiana, de la conciencia subjetiva que conoce, ya que antes del cogito ergo sum mi pensamiento ya está siendo articulado a través de un lenguaje que resulta ser común y público[5], por lo tanto la subjetividad de la conciencia nunca es cosa de uno sólo sino que participa de un grupo social. En la medida en que digo al mundo, el modo en que lo digo es indicio de mi modo de habitar en él, la relación del sujeto con el lenguaje es constitutiva y constituyente.
Y si el lenguaje esquematiza nuestro pensamiento, implica que los regímenes de producción simbólica (como las industrias culturales) determinan el modo en como los hombres viven su vida. Así, dado que la racionalidad que opera a partir del desarrollo industrial es una racionalidad instrumental con arreglo a fines e interesas privados, el gobierno ya nunca más podrá arribar a un bien común y una felicidad. El proyecto moderno ha fracasado.
Foucault, ya en el siglo XX, propone la idea del que el lenguaje es un litigo, un acto de violencia, se inscribe en un campo de batalla.
El lenguaje se convierte en cosa, que deviene materia, produce la vida.
Éste se usa como poder, quien habla se apodera de la palabra, los poderosos se apropian del lenguaje. El lenguaje entonces es propiamente un régimen de politicidad. Supone la existencia que hay alguien que tiene derecho de hablar y otro que no, el hombre político es aquel que toma la palabra. En tanto que este hombre poderoso (no institución, a fin de cuentas, sino un juego de saberes que determinan la superioridad de unos sobre otros dentro de la estructura social) toma la palabra y la convierte en régimen de litigio, dociliza al sujeto para que éste se convierta en la extensión de su administración, vida y muerte a cargo del saber regente. Se le denomina a esto biopoder. A su vez, dicho régimen necesita de la muerte para fundamentar su propio cuidado a la vida, por lo que surgen los episodios masivos de genocidio y represión política. En Foucault es vital comprender su problematización del discurso institucional de hospitales, cárceles y sistemas educacionales, puesto que cada uno de ellos utiliza el lenguaje en forma particular para moldear y definir qué es un ser humano, cómo debe y cómo no deber ser.
El lenguaje ya es en sí una arbitrariedad en tanto que existe en arreglo a una necesidad humana y por tanto cae en un campo de incertidumbre, remite a una multiplicidad de signos que a su vez disponen de múltiples interpretaciones. Se nos presenta la imposibilidad del sueño de la filosofía analítica de la pureza del lenguaje. La certeza en la ciencia no es posible a través del uso del mismo lenguaje para construirse, por lo que sus leyes descansan sobre un estatuto de posibilidad y no incuestionabilidad. De hecho consta de muy pocos reales axiomas puesto que se reconoce que la ciencia en tanto que notificación y transmisión de una experiencia no puede ser puesta en un escenario de verdad, ya que requiere del lenguaje para traducirse a un espacio sensorial distinto del experienciador, y bajo la condición arbitraria a la que se subyace en el proceso, termina por perderse la experiencia misma, es intraducible. El fracaso mayor de la ciencia es entonces la imposibilidad de probarse a sí misma como verdad relacionada a la verificación de un determinado fenómeno mediante tal o cual método, porque éste sufre de la sujeción a un lenguaje de las posibilidades y no de las certezas. La verdad es al fin un sueño y no una meta.
[1] Ver Platón: La República, Libro VII.
[2] Sobre El Bien y la Felicidad ver : Aristóteles. “Ética Nicomaquea”.
[3] Corintios 2: 12-13-14
[4] KANT; EMMANUEL:. “Filosofía de la historia”. FCE, México, 1987.
[5] Ver las teorías del lenguaje privado y los juegos de lenguaje de Wittgenstein.
Biblografia del curso
Aproximaciones filosóficas al ser humano
Límites del sentido
Autor : Cristóbal Holzapfel
Integrantes
ResponderEliminarGeraldy Cañete:Campus Juan Gomez Millas- ICEI- Cine y Tv.
Carlos Ochoa:Campus Juan Gomez Millas-ICEI-Cine y Tv.
Geilisa Varas:Campus Juan Gomez Millas-ICEI- Cine y Tv.
( Faltan los datos de los otros dos integrantes)
Nombre: Oscar Rodríguez Coloma
ResponderEliminarCarrera: Ingeniería Forestal
Facultad: Ciencias Forestale
Faltan los datos de Nicolás